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LA LENTITUD DE LA JUSTICIA          


Nadie nos tiene que recordar que la justicia es lenta. Todos hemos padecido de una u otra forma la maldición del gitano, o hemos verificado, en nuestra propia carne, que más vale un mal arreglo que un buen pleito.

Recuerdo que en mis primeros años de letrado me impresionó sobremanera el hecho de que, la audiencia previa del artículo 414.1 de la Ley de Enjuiciamiento Civil, me la señalaran para dentro de 5 meses, y que la fecha del juicio me la señalaran para otros 6 ó 7 meses más tarde,  a pesar de que, en la misma ley, se marcaban unos plazos muy definidos que ni por asomo se cumplieron.

Aunque aquella  lentitud me consumía por dentro, muy pronto me acostumbre a su pulso, y más aún cuando cayeron en mis manos los procesos de ejecución, las suspensiones de los juicios, las declaraciones en rebeldía, las apelaciones, las casaciones, y un largo etcétera del que no quiero acordarme por no sacar a relucir la mala estampa de algunos funcionarios. Supongo que si hubo un momento en el que el hombre se acostumbró a vivir en una caverna yo, universitario, también me acostumbré a eso de ser abogado.


Luego, por eso de sacarme unos eurillos, me apunté a un curso de derecho penal indispensable para acceder al turno de oficio, al que vino un tipo muy majo para hablarnos sobre los recursos ante el  Tribunal Constitucional. La primera frase que dijo nada más empezar fue que el Tribunal Constitucional estaba congestionado y que, por tal razón, el recurso de Amparo tardaba en fallarse una media de 7 años, si bien, para rematar el asunto, nos desveló que el 97 % de los recursos interpuestos eran in admitidos a trámite por defectos de forma procesal. Lo cual venía a ser algo así como cuando en 5º de EGB un profesor le coge a uno manía y le suspende en historia porque se le olvidó poner un par de acentos.


Yo, por mi parte he aprendido a echarle las culpas el perro y así, cuando quedo con mis amigos y sale la conversación, acuso unas veces a los jueces, otras a los funcionarios y, si estamos en elecciones, me despacho muy a gusto contra el Ministerio de Justicia. Como vi que el truco funcionaba lo trasladé a mi ámbito profesional y cada vez que me llegaba un cliente y me decía cosas como: ¿por qué tarda tanto mi pleito?, ¿cuándo se va cobrar?¿qué es lo que está pasando? o me achuchaba, sin más, con ciertos tonos amenazantes, le contestaba que la culpa no era mía sino del juzgado en el que recaen los asuntos, que si tocaba en el juzgado nº: 5 iba más rápido que si tocaba en el 13. No sé… cosas así…


No obstante, y comoquiera que uno ha pasado sus años mozos en los colegios de curas, rápidamente me persuadí con las viejas doctrinas del arrepentimiento, e hice  el convenido examen de conciencia, el  propósito de enmienda y la reparación del daño, de tal manera que por obra y gracia de algún espíritu más ilustrado, se me reveló que la cosa no había de ser tan fácil y que había que hacer un artículo como este para dejar un poco más claro que el enemigo de las instituciones judiciales, el verdadero, el causante de la desesperante lentitud, era invisible, y que no había que llevarse a engaño con las sombras que diariamente rodean a esta institución.

Máxime teniendo en cuenta que estos mismos contratiempos han venido atenazando a gran parte de los sistemas judiciales del mundo hasta la saciedad. Pues de alguna manera, y exagerando un poco, la lentitud se erige en algo así como en un principio general del derecho que informa los ordenamientos.


En realidad, no se trata de un problema propio del sistema Judicial sino de algo que tiene que ver más con la falta de personal y de ordenadores; medios humanos y tecnología, o  para ser más exactos, una economía nacional fuerte que pueda permitirse el lujo de invertir más fondos en Justicia.

Por lo demás, no se me escapa que, semejante contratiempo, no puede remediarse de un día para otro, y que, para transformar la realidad, se requiere algo que las sociedades modernas no están  acostumbradas: tiempo (quizá 20 años más), paciencia y un ambicioso proyecto de  reformas institucionales a largo plazo.


Ante este panorama  sólo cabe la resignación o hacerse eco de ese refrán que dice que si no puedes con ellos, únete a ellos. Y por eso, ahora, la lentitud de la justicia es un arma más, cómo muchas otras, que instrumentalizo, como todos, en pro de la defensa de mis clientes, muchas veces a costa de quienes, a fuerza de virtud, integridad y pacifismo, no echaron mano de otros estilos más procaces.

 

D. Antonio Martín de las Mulas Baeza

Letrado del Ilustre Colegio de Abogados de Madrid.

 


 

 
   

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